martes, 3 de mayo de 2011

Diario de oficina 100311



La puerta se abre y se cierra y entra gente, y sale gente.

Últimamente mi capacidad de tolerancia y paciencia ha mutado en un autismo teatral. Estoy y mis gestos son los míos, digo: cara, nariz, boca, ojos… y por qué no, el resto del cuerpo en su totalidad; la forma en que me río después de una pregunta, la mirada torva frente a un comentario sin sentido, los hombros tensos casi todo el tiempo, etc. Pero al mismo tiempo estoy dentro de mi cuerpo, en modo submarino. Lo exterior es el caparazón, el refugio, el bunker; la fachada del teatro.

Por fuera sigue la arquitectura, como siempre fue, aguanta ahí, incluso armónica, no hay cambios sustanciales; alguna cana más, alguna arruga. Casa tomada, eso sí. Todo lo intacto por fuera, es desorden y caos dentro. Perriflautas en el alma que cagan y mean en las esquinas de mi casacuerpo.

Un pedazo de yo minúsculo comanda el ostracismo desde una cabina que queda justo detrás de mi ojo derecho; las paredes interiores de mi ojo derecho son rojizas y viscosas y me siento en una butaca negra hecha de quién sabe qué, enfrentando el cristal abovedado. La luz; estroboscópica a causa del párpado, llena de silencio el negro ese; el ausente ese fuera del mundo.



Cuesta salirse de uno. Va siendo hora, me repito. Pero la voz rebota sobre la parte de adentro del cráneo, viaja por el esófago y termina el los ácidos del estómago. Una voz que se disuelve y ya no es ni ruido.





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