El canto que arrastra
Templa
Será de mañana
Bolaño y su Flandes
Andino
Este Madrid de sol
Y secretos.
El canto que arrastra
Templa
Será de mañana
Bolaño y su Flandes
Andino
Este Madrid de sol
Y secretos.
Mamá se sentó
y la televisión gritando
alma amordazada
aquella
Maniatada
borracha
Mezcla triste en el humo
azul
Chesterfield
de tardes vacías
Mamá se sentó
y paralizó la niñez
Fantasma plateado
en la mesa
de siempreluz
observo
ahora
mientras repito calcando
copiando el simulacro
muriéndome
igual de cáncer
de mamá de páncreas
de terapia intensiva
tumor del tumor
del tumor
extirpado
maligno como una vacante
como un abrazo
vacío sin cuerpo
atávico y en el humo
azul
la misma mezcla
orbitando
las estancias más frías
las manitos así
apretadas
que no se vuele
hechas de hielo
sin aire
nueces cerradas
como un ataud
cae sobre la tierra
se parte
y se pierde la herencia.
Más chico
que la estatua del tipo ese
que es piedra de hazañas.
Más chico
que el libro abierto
en ese verso,
clavado en la emoción;
sangra inteligencia
y así noquea.
La sensación de vigilia
nos mantendrá a tientas
pero con vida
en el mundo negro.
Más chico
que el recuerdo de mi club
aquel día de lluvia.
Los pantalones rotos
en las rodillas,
el jogging nuevo herida de mi vieja
y su esfuerzo subrayado,
ahora impostura.
Un guante de sastre
la maternidad.
Recuerdo dulce, recuerdo lácteo
el joven decrece;
el niño ahí
el niño panza,
ahora es todo bolsa,
miedo líquido.
Más chico
que el temblor éste
mientras afuera
la lluvia.
Llegando a la desaparición
fálica de un encuentro,
no somos ni siquiera memoria.
Fuera de mi
el juego que conjuga la novedad y la rabia.
Exceso de prudencia,
el silencio y las piernas cruzadas
encierran la casualidad
que pretende ser resuelta.
Nada me guía.
Todo se intuye.
El campo, a esas horas, es una enjambre manso de soledades. Los árboles allá; agrupados y silenciosos, los perros echados con la panza en el fresco y la casa al fondo; un islote en medio de un océano vasto y frondoso que se acaba dónde la vista no alcanza a ver. Ni el rumor del pueblo en la distancia sugiere un pueblo. La ruta después del camino de tierra, más allá del portón de madera y hierro, ni siquiera silba.
Bajo el ombú, la jaula oxidada vence al animal y no lo vemos; un amasijo marrón que arrasa con el conjunto de exactitudes y lo altera afeándolo levemente, una miga rugosa hundiéndose en un vaso de agua.
En la cocina el hombre observa por la ventana. El rifle apoyado sobre las rodillas no reluce. El gesto del hombre se presenta aséptico y ausente; ojos vacíos para otear al animal que ahora se mueve.
Las moscas alrededor de la cabeza santifican al bicho, una corona de desgracia que revolotea agitando la quietud y haciéndola incluso, un poco más tensa.
La pava chifla y el animal se incorpora. El sonido del vapor a presión y el movimiento del rey coinciden en una misma alarma con su inmediata consecuencia. Aunque no es una advertencia real ya que el grito de la casa es mudo y el animal demasiado viejo para escucharlo.
El hombre mira a la bestia. El pelaje apoliyado y roñoso, y una parva indefinida de años acumulados en los mazacotes de pelusa percudida. La fuerza justa para estirar la cabeza y bostezar con la boca inmensa y podrida; la boca de un anciano.
El hombre respeta a ese animal, en secreto. Añora a la bestia, eso sí, pero no la culpa, más bien todo lo contrario. Los años de encierro con el campo ahí nomas, la libertad detrás de los hierros que nunca llegó a comprender; los pasos cortos en ida y vuelta, en redondo, hasta caer exhausto de incomodidad. Día tras día, año tras año, venciéndolo hasta transformarlo en esa idea; en la proyección física de una realidad que parece pero no es.
Y aquí, el remordimiento del hombre y su conciencia, la culpa merecida. Tan viejo el monstruo y tan encerrado, exacto a su simulacro; aunque algo más triste, más abatido.
Apoya el rifle en el suelo y agarra el mate. Acomoda la bombilla en la yerba, echa el agua caliente y en el aire se dibuja un fantasma de vapor que no dura; luego chupa.
El cristal de los ojos se humedece.
No mira el reloj. Toca la esfera redonda y el frío suave y abombado del tiempo parece chistarle que no hay espacio para más demoras, que ya debería estar saliendo.
Levanta el arma del suelo; no duda, y comienza a caminar hacia la puerta. Quince pasos firmes y encorvados; sale al rellano. Los perros lo reciben a los saltos. Se los saca de encima pero sin palabras. Lo hace con la contundencia de ese andar decidido; los clava sobre la tierra y los deja ahí, mirando en blanco y negro su silueta alejarse en brioso desfile, en marcha corajuda hacia no se sabe muy bien qué valentía.
El monarca lo espera de pie; erguido, el pecho hacia afuera y la vista al frente, y mientras el hombre avanza el animal va ganando en envergadura; recuperando con cada paso parte de esa majestuosidad abandonada en el baúl de la memoria.
Frente a la puerta de la jaula el hombre echa un último vistazo a su cautivo.
Desde dentro, la bestia observa a su captor y no hay rencor en el gesto.
El hombre saca una llave herrumbrosa de su bolsillo y destraba el encierro. El animal no se mueve.
Abre la puerta. Entra.
El animal da dos pasos hacia el hombre.
El hombre levanta el rifle.
El León se agazapa; aunque nunca sabremos si lo ha hecho para atacar o en señal de renuncia.
En el pueblo se escucha el disparo. Revuelo de pájaros.
La puerta de la jaula está abierta. Los perros ladran.
Un animal acaba de morir.
Recostando sobre la hierba, el otro animal mira una puerta abierta y no calza en ese símbolo, ningún tipo de libertad.
-¿Querés un café?
-Venga…
-¿Azúcar?
-Dos, por favor.
Nos sentamos a la mesa
de la mañana, sin análisis.
Todo está bien.
En la heladera
la leche sigue en su lugar.
No se ha tocado nada aún.
Pasarán días
antes que el efecto de ocupación
se convierta en bienvenida.
Callo mis pretensiones,
las enmudezco sentándolas en un sillón
que ahora
comparto en propiedad.
La casa acepta la llegada.
¿Desde cuándo los muebles saben reír?
Me saco las zapatillas
y tímido, las huelo.
A partir de hoy
mis olores pasarán a deliberación
de la mayoría.
Pienso en caras.
Con todas las chicanas y dobleces;
puertas.
resumen del contenido al que me dirijo;
gestos inconcientes de un cerebro.
Las caras condicionan mi dicción.
Mi pensamiento se ajusta a las muecas que lo reciben.
Pienso mal.
Pienso en caras.
En el asado.
Vivimos en ese crepitar.
Nos sienta a la mesa.
Nos cubre el apellido
y el tizne; la brasa explota,
chispas.
Vino para los grandes,
los chicos corren por ahí.
Hablamos nuestros casi cuarenta,
nuestra reciente orfandad.
Lo hacemos con el silencio
que es la palabra mejor hecha.
Llega la carne
Perfecta
En su punto.
Se abre el apetito de familia.
Mañana me subo a un avión.
Cajas y cajas de memoria borrosa.
Clasificar el lugar del que se ha salido
mientras se desentiende
el sitio del que uno no es.
En esos idiomas paralelos;
un tu, pozo hondísimo
en el que el vértigo afloja las piernas.
Calles pegoteadas, ¡cómo cuesta
llevar un camino recto, amigo mío!
El paso no termina
de ser del todo propio,
por eso pesa más.
Hay tantos cielos
y tantas tierras en el mundo;
parajes que nos despertencen,
que nos descorresponden,
que sólo se vuelve a casa
cuando la mirada renuncia del exterior
y uno encuentra los ojos de adentro.
La casita del exilio es el pasado
pero como los parques más verdes,
a veces no se puede pisar.
Llénese de aire el pecho, compañero
y airee la nostalgia;
la pena será esa camisa con botones
que a veces tendrá que arrancarse
a lo increíble Hulk.
Y siga viviendo en usted,
sea orgulloso y solitario;
el único habitante del país de su nombre.
Este sábado caluroso
cumple tu día
reemplazando tu cuerpo ausente
por un cielo, en apariencia,
democrático.
La tarde confusa
te ubica sobre las cenizas y las cabezas,
coronando la vida de los otros
y la memoria.
Yo te saludo
como se saluda a los invisibles;
puertas para adentro-
una vela encendida en el secreto.
Piloteando una sonrisa en esta mueca triste,
no parece pertenecerme este festejo.
Feliz sábado, revoleo por la ventana.
Y no te llega.
Y no me siento mejor.
Nos sentamos en una mesa
a debatir el futuro de 450 pibes
entre bostezos y nervios.
En reuniones como ésta
suele haber todo tipo de perfiles.
Están los que atan la tanza al anzuelo
sin que los vea nadie.
Están los que cargan el arma arriba de la mesa.
Están los farmacéuticos de espíritu
y los mercenarios que tienen un precio
tatuado en la frente.
Están los románticos que perdieron el romanticismo
y sólo les queda la pose.
Están los que saben de lo que hablan
y están los que saben mucho de lo que hablan.
Los que no saben nada; nada
de nada de nada, suelen ser los más simpáticos.
Yo estoy en el borde de la mesa,
invisible pero en mi camisa.
Me miro en el espejo de refilón
y veo un payaso triste.
Me como una medialuna
intentando no hacer demasiado ruido.
Pienso en los 450 pibes aún sin cara
y en lo que les espera.
16 leones para 450 gacelas. Y un payaso de árbitro.
Saco un Tandarica y me desplomo contra el suelo.
Me rompo tres costillas y me jodo la clavícula.
Nadie se ríe.
Me levanto y me siento a terminar mi café
aunque no puedo respirar bien.
Se te corrió la pintura,
payaso pelotudo…
Es así, respondo; la lágrima negra del payaso triste.
Todos se ríen.
Las escenas de la vida cotidiana.
Despachos de blanco.
El ruido que llega de la calle,
primero los autos,
después todo lo demás.
¿No deberían las hojas de los árboles
ser mucho más ruido que todo lo demás?
Mezclo en el café
jefe, rutina y aburrimiento.
Me quedo piola.
Espero el próximo movimiento
que el azar tiene pensado para agitar mi día.
Un mueble de ikea
me amenaza desde el rincón del despacho.
Perfectamente ordinario.
Matemático. Triste.
Busco una excusa para quedarme en mi silla.
No tengo hambre.
Está pasando algo, en apariencia poderoso. La gente está en la calle y yo en la oficina. Me cuesta la calle. Soy; desde siempre, un inútil social. La re puta madre que lo parió. Me encantaría echarme a la calle.
Escucho cosas por ahí que vengo escuchando en mi cabeza desde hace un tiempo y no quiero; bajo ningún concepto, tener la estúpida soberbia de siempre. La soberbia esa que achica. La soberbia que destruye, que reduce ideas, que transforma lo visible en invisible.
Lo que suena, suena bien. La puta si suena bien… Y lo que no suena, ¿no es este el momento de ponerle voz a lo que no suena?
Me subo a este punto de partida que no es de nadie y es de todos; siempre fui soldado del sentido común.
Suena de puta madre. Suena de putísima madre.
Los pies y los huevos y el cerebro, bien en el mundo; ahora mismo.
Me gustaría
mirar por la ventana,
los ojos vendados
como papel de calcar.
La cara
es el escudo que me cuelgo
para ser mi familia
-el resumen de mi padremadre-
en lo que imagino
sus treintaypico.
a veces, desde afuera
intento el calco
-el recuerdo empieza a ser vago-
los ojitos chinos
la risa, ésta, que clavo en repetición,
que se me sale del pecho,
como un tiro
y se apaga, luego,
muda como los pelos de una alfombra.
Azul era, la de la infancia.
Y las marcas del pis de los perros,
petrificadas amarillentas,
la Dude de rodillas
rasqueteando su vejez más hermosa,
haciendo en ida y vuelta
un mapa preciso
para que ahora no me pierda.
Las arrugas me las quedo.
Son mías.
Ese surco nítido será mi tesoro.
Para mirar por la ventana
no hace falta memoria.
Los ojos vendados,
las manos de mi abuela.
La puerta se abre y se cierra y entra gente, y sale gente.
Últimamente mi capacidad de tolerancia y paciencia ha mutado en un autismo teatral. Estoy y mis gestos son los míos, digo: cara, nariz, boca, ojos… y por qué no, el resto del cuerpo en su totalidad; la forma en que me río después de una pregunta, la mirada torva frente a un comentario sin sentido, los hombros tensos casi todo el tiempo, etc. Pero al mismo tiempo estoy dentro de mi cuerpo, en modo submarino. Lo exterior es el caparazón, el refugio, el bunker; la fachada del teatro.
Por fuera sigue la arquitectura, como siempre fue, aguanta ahí, incluso armónica, no hay cambios sustanciales; alguna cana más, alguna arruga. Casa tomada, eso sí. Todo lo intacto por fuera, es desorden y caos dentro. Perriflautas en el alma que cagan y mean en las esquinas de mi casacuerpo.
Un pedazo de yo minúsculo comanda el ostracismo desde una cabina que queda justo detrás de mi ojo derecho; las paredes interiores de mi ojo derecho son rojizas y viscosas y me siento en una butaca negra hecha de quién sabe qué, enfrentando el cristal abovedado. La luz; estroboscópica a causa del párpado, llena de silencio el negro ese; el ausente ese fuera del mundo.
Cuesta salirse de uno. Va siendo hora, me repito. Pero la voz rebota sobre la parte de adentro del cráneo, viaja por el esófago y termina el los ácidos del estómago. Una voz que se disuelve y ya no es ni ruido.
Pienso en mi amigo,
el expublicitario.
Mi amigo el expublicitario
que un día se hinchó las pelotas
y medio persiguiendo una vocación escondida,
medio -lisa y llanamente –
con las pelotas como dos mundos;
fue hasta su oficina
saludó a sus compañeros
hizo un arreglo desfavorable con su jefe
acomodó una caja con sus bártulos
bajó a la calle
se metió en un bar
y se tomó un café
con leche y dos medialunas.
El primer café con leche y medialunas
de mi nuevo amigo, el ENESEMISMOMOMENTO actor.
Me pregunto qué cosas
me impiden ver florecer un valor similar
al de mi amigo el ahoractor.
Qué lista podría diseñar
desde mi cobardía de silla caliente y oficina con techo,
que me consuele
durante un par de horas.
Hago un boceto rápido sobre el papel
y sale así:
Alquiler.
Comida.
Bebida.
Agua.
Luz.
Gas.
Una novia que necesita viajar para
sentir que no se está equivocando.
Un hijo que; me convenzo,
me necesita holgado.
Algún viaje.
Cigarrillos.
Colegio.
Juguetes.
Marcadores que pintan mejor que los otros marcadores chotos
pero que son carísimos.
Ropa.
Discos.
Libros.
Y por último,
una férrea conciencia que me dice que no sé hacer nada más
que lo que hago para vivir. Absolutamente nada más.
Reléeo mi lista.
La última línea me tranquiliza
y me intranquiliza a partes iguales.
Subo y me sirvo un café con leche
en la máquina que prepara
esos cafés tan ricos que sólo me gustan a mi
y aprovecho para alegrarme por mi amigo,
el ahoramismo actor.
Mi amigo el actor que me saluda
desde un escenario
con un bigote pintado a lo Groucho Marx
y yo pienso; qué pelotudo
y la re
concha
de tu madre!
Pero lo pienso, no lo digo
(hasta para esto me falta valor)
Se murió un miércoles por la noche.
Un miércoles de semana santa.
Un miércoles del año dos mil once,
en el fatídico mes de abril.
Se murió, decía,
proyectando una sombra sobre el océano.
Una sombra alargada; mancha de tinta china,
que dibujó al hijo en el apuro y lo puso
de un bife,
buscando las alas de metal y encontrando
su propio silencio en la altura.
Ahora el padre es ese recuerdo sorprendente,
vivo, únicamente en la plaza de la memoria.
Con su remera de river, lo imagino.
Con su carne aún caliente
y el block sobre las rodillas;
dibuja al hijo que posa su ausencia
en total desconcierto.
Y se traga la vida el pibe.
Se la traga de una
y con dificultad.
Con la contrariedad que supone
empezar a tragar solo.